Fin del psicoanalisis?
por Gabriela Nelli - Febrero del 2006
 
 
Hace algunos meses se publicó en la revista Noticias una serie de artículos defenestrando al psicoanálisis y vaticinando su fin, donde pude leer insólitas declaraciones de quienes se autodenominan "ex-analistas". Comencé a preguntarme entonces qué es un analista, qué es el psicoanálisis, por qué aún hoy se debaten las mismas cuestiones que cuando Freud le dio inicio. Cito sus palabras: "El progreso del psicoanálisis se ve demorado por el terror que siente el observador corriente de verse reflejado en su propio espejo. Los hombres de ciencia suelen hacer frente a las resistencias emocionales con argumentaciones, y quedan así plenamente satisfechos! Quien desee no pasar por alto una verdad hará bien en desconfiar de sus antipatías, y si pretende someter a examen crítico la teoría del psicoanálisis, antes de dedicarse a ello deberá analizarse."
Como se ve, los cuestionamientos no son nuevos. Y aunque las argumentaciones resultan siempre insuficientes, algo me pareció claro en medio del atolladero: habrá psicoanálisis mientras haya analistas.

No sorprende que en la sociedad actual sean otras las modalidades terapéuticas en auge. En el mundo de hoy, donde la urgencia es moneda corriente, el tiempo y el dinero los valores más preciados (muchas veces desfasados en su valoración), y la perfección es el ideal que todos debemos y queremos alcanzar, parece poco probable que exista lugar para el psicoanálisis. Por qué? Por su propuesta carente de ilusorias promesas. Porque antes que ofertar respuestas cerradas y satisfactorias para el yo, abre interrogantes, invita a preguntarse más allá de lo conocido y esperado, sabiendo que no todo puede hallar explicación. Basta con pensar en cuestiones tan cotidianas y universales como la muerte, el amor, o el orígen ontogénico de la vida.
Todo parece encontrar explicaciones científicas certeras y completas. Se elaboran patrones psicológicos con características bien definidas y de acuerdo a ellos se imparten consignas pretenciosas (por ejemplo a alguien que sufre agorafobia se le exige permanecer sólo durante x cantidad de tiempo en una playa o campo desiertos), que si se siguen a rajatabla aseguran la felicidad. Todo eso en un corto plazo. A nadie llama la atención que un costo tan bajo redunde en tan alto beneficio… Es eficaz? Sí, absolutamente. Pero la felicidad es efímera, y la perfección se resquebraja apenas la tenemos al alcance de las manos. Eso es lo que resulta insoportable, y cada uno lo va velando como puede, produciéndose alli la singularidad con que cada sujeto aborda el mundo. Pero en la propuesta científica la subjetividad queda de lado, reducida a conexiones neuroquímicas o a la secreción de hormonas específicas, pero en cualquier caso comunes a todos, en tanto somos organismos biológicos.
Y si los patrones elaborados aún dejan áreas de vacío, la promesa de encontrar la solución en corto plazo nos deja a todos en situación de esperanzada espera, aguardando que algún día descongelen a Walt Disney para verificar que la inmortalidad del cuerpo es factible, que elegir cada detalle de la apariencia de nuestros hijos sea tan habitual como elegir productos en un supermercado, y que los astros pasen de ser objeto del embelesamiento poético a habituales sitios vacacionales.
Ante tanta certeza y promesa de poder, acotado lugar queda entonces para el psicoanálisis, que no promete felicidad ni curación, que no plantea un tiempo límite, que tiene como uno de sus principales fundamentos la lógica del No Todo (no todo puede ser dicho, no todo puede ser sabido), que propone trabajar con la falta (a la que además nombra como constitutiva), que devela la incompletud del ser, la indeterminación del sujeto, que contradice la idea de la verdad absoluta al relacionarla al deseo, perturbando así su pretensión de universalidad: para el psicoanálisis la verdad es particular.
La ciencia crea verdades, y las verdades –aunque ilusorias- tranquilizan. La promesa de que "todo es posible" y la necesidad de soluciones prácticas signan nuestra época; así la idea de la omnipotencia de la humanidad va velando los infortunios de la vida, haciendo caso omiso de la afrenta que Freud sumó a las de Copérnico y Darwin, al plantear su hipótesis de lo inconciente.

Mientras haya analistas habrá psicoanálisis. Pero aún más garantía de ello es la existencia del inconciente, inexorable, mal que le pese al ideal perfeccionista de nuestros días y sus ansias de control absoluto, sin margen para el error, la incertidumbre o la imposibilidad.
Es el inconciente el que nos diferencia como humanos, marca nuestra subjetividad, nos sorprende cada día en sus expresiones, alejándonos de la imagen casi autómata a la que al parecer habría que responder. Porque el inconciente está en la superficie [psíquica], insiste.
Las fallas, sueños, faltas y padeceres que signan nuestra subjetividad haciéndonos únicos, aseguran que el inconciente está en función. Con él se trabaja en un análisis, en una comunicación de inconciente a inconciente diría Freud; el inconciente se produce allí, plantea Lacan, en cada hiancia, en cada detención del discurso, en el límite de las palabras.
Ser analista es una decisión ética, y sostener la práctica del psicoanálisis responde a ello. Lo mismo sucede con quienes eligen emprender su análisis y lo sostienen más allá de su impotencia, responsabilizándose de sus actos, sus deseos y su falta. Quienes asumen el desafío de reconocerse en su deseo, atravesando fantasmas, angustias e imposibilidades, garantizan la perdurabilidad del psicoanálisis.