¿Problemas de aprendizaje, problemas de conducta, o problemas?
por Gabriela Nelli - Junio del 2005
 
 
En los últimos tiempos y cada vez con mayor frecuencia, desde el colegio informan a los padres que sus hijos presentan problemas de atención en clase. La primera reacción al enfrentarlos habitualmente es de enojo; el chico recibe un castigo: "no mirás más televisión", "no jugás más hasta que no tengas toda la tarea al día", "este fin de semana no salís" . Se le exige prestar atención a lo que dice la maestra " porque si no atendés no aprendés ". De este modo, se culpabiliza al niño y se le reprocha por lo que le pasa sin averiguar sus razones.
La situación cobra un matiz diferente cuando el colegio anoticia sobre trastornos de conducta. Allí irrumpe la preocupación, los padres se preguntan " qué hicimos mal para que nuestro hijo actúe así? ". Y nuevamente aparece la culpa como sentimiento asociado, pero esta vez del lado de los padres.
Planteados así, los trastornos en el aprendizaje o en la conducta parecen entidades que se excluyen entre sí. Y de hecho habitualmente se los presenta en una relación de disyunción: se trata de un problema de aprendizaje o de algo del orden de lo emocional? Establecer una diferenciación tal resulta poco fiel a la realidad, ya que la relación entre ambas esferas siempre es de conjunción, se entrelazan naturalmente. .. O acaso los chicos se deshacen de sus emociones, su cuerpo y su historia al entrar al colegio cada mañana? O desde el otro lado, dejan depositados en el locker de la escuela todo lo que les sucedió y aprehendieron en las horas que pasaron allí ese día? Lo emocional incide fuertemente en el rendimiento escolar, y a su vez lo que sucede en el ámbito educativo influye directamente sobre la vida afectiva del niño o del adolescente. Además, no es lo mismo que un niño tenga problemas de aprendizaje a que fracase escolarmente; hay quienes fracasan sin tener problemas de aprendizaje, y hay quienes los tienen y no por ello fracasan.
Debemos partir de la premisa de que en el síntoma se pone en juego algo de la subjetividad del niño, de su marca propia, de su singularidad, y las problemáticas escolares y de aprendizaje son los ámbitos privilegiados donde los niños y adolescentes manifiestan su malestar. Si entendemos los síntomas como emergentes de una constelación particular compleja habrá más posibilidades de revertirlos que si los convertimos en los estigmas comunes que son el fantasma de muchos padres: chicos repitentes, con dificultad para la adaptación social, o en el pensamiento más extremista el "fracaso escolar" como piedra de inicio para un destino de fracasos reiterados.
Así, al recibir una comunicación desde la escuela los padres se sienten en principio jaqueados en su ilusión de normalidad familiar, y todo queda reducido al impacto de que su hijo "no aprende", "le cuesta" o "no puede". Luego de los reproches (al niño y a sí mismos) y las reacciones defensivas habituales ya mencionadas, pasan a un segundo momento donde la duda y la desorientación respecto de qué es lo que deben hacer gobierna la situación. Es allí cuando se hace necesaria la intervención de un profesional.
Es importante reconocer que niños y adolescentes se hallan en un proceso de transición, se están constituyendo como sujetos autónomos, reflexivos y estables emocionalmente, y por ello no podemos entender lo que les pasa aisladamente. Es imprescindible considerar el entorno que los rodea, es decir el grupo familiar, los maestros, el grupo de pares y la situación socioeconómica y cultural en que se hallan inmersos, porque el contexto no es un mero marco, sino que entra en juego en el proceso de estructuración del sujeto y en el proceso de aprendizaje de modo determinante.
El poder discriminar a tiempo si se trata de una manifestación propia de una crisis vital, o si nos encontramos frente a la expresión de un conflicto anclado en cuestiones que trascienden lo evolutivo, permite aprovechar la posibilidad privilegiada que ofrece la clínica con niños de modificar tempranamente aquello que tienda a arraigarse patológicamente aún hasta la adultez, trabajando para aliviar el sufrimiento actual y concomitantemente prevenir la posterior instalación de la enfermedad.