Quizás no resulta sencillo mirarse al espejo y encontrarse siempre el mismo, pero otro.
En la lógica de nuestra época, es común pensar la adolescencia como una etapa de crisis. Pero también es usual, ante lo inusual de las conductas, preguntarse hasta donde, eso que escapa a la posibilidad de una única respuesta, es un proceso normal.
Solemos hablar de crisis cuando se trata de una decisión significativa en el curso de la vida de un sujeto y también, en su versión médica, cuando hay una manifestación en el cuerpo aguda y de urgencia.
Ambas definiciones, sin contradecirse, pueden delimitar ciertas manifestaciones del período adolescente. Con sutiles variaciones a nivel cronológico, se puede coincidir desde lo histórico y cultural, en definir el período adolescente como un período de pasaje.
En este sentido, se estima que la crisis es transitoria y que en un tiempo el sujeto dejará sus vestiduras y ceremonias infantiles para asumir la madurez, con la consecuente asunción no solo de la responsabilidad por el propio deseo, desde el punto de vista psicoanalítico, sino también la responsabilidad social y jurídica por los propios actos.
Pero la llamada crisis adolescente trasciende al sujeto, y con las modificaciones de la pubertad, cuestiona el propio deseo, así como también al contexto familiar y social.
Por esto es común que los padres y educadores se pregunten por las conductas que se consideran típicas del período adolescente, pero que alteran los hábitos normales, que se sostenían con cierta armonía, hasta ese momento.
Y no siempre los limites entre lo normal y lo que puede tender a otras consecuencias y formas de estructuración psíquica, son tan fáciles de descifrar. En el mejor de los casos, la adolescencia y su consternación, se pasa, con el tiempo, con la vida, con la ansiada y supuestamente natural maduración de los jóvenes. Pero, ¿siempre se puede espera? ¿cuando las normales manifestaciones son síntomas para escuchar? ¿cuando el recorrido es demasiado lento o cuando de tan intenso deja marcas imborrables?
En muchos casos, la indiferencia frente a las conductas adolescentes o - en su contracara - el exagerado intento de suspenderlas, solo produce mayor rebelión, en un círculo que cierra todas las posibilidades de escucha.
Una consulta en el tiempo y lugar adecuados, podría distinguir si se trata del normal proceso de duelo, que como período de transición permite acceder a una nueva posición dentro de la propia estructura psíquica, o si en todo caso, se trata de ya de una forma de estructura psíquica, que requiere otras posibilidades de escucha y atención.
Debate adolescente:
Para el joven, se trata, en cada caso particular, de la asunción de nuevo un nuevo cuerpo y a partir del mismo, de nuevas formas y tipos de relaciones.
Por lo novedoso del asunto, y como sucede casi siempre en cada primera vez, la respuesta al alcance no resulta en general exitosa, y la sensación es de estar desfasado.
El padecimiento psíquico se produce básicamente cuando un suceso supera la capacidad de respuesta que el sujeto tiene - por estructura y circunstancias - a su alcance.
Y por eso, dirán los padres, ¿podemos confiar en las elecciones de un adolescente? Por mucho o por poco, siempre parecen vivir en exceso, o salen mucho o no salen nada; y todo genera un plus de desconcierto, porque eso, eso que el chico hace, no parece normal.
Pero si es del propio sujeto, ¿por que se considera fuera de norma? ¿de la norma de quien? ¿de los niños y sus juegos? ¿de los adultos y sus responsabilidades? ¿es norma de los adolescentes estar fuera de norma?
¿Es que acaso los adolescentes no son responsables de sus palabras? ¿Crean el propio lenguaje solo para diferenciarse? ¿O como forma también de crear sus propias reglas? ¿Eso es no ser responsables?
¿O acaso es que no son responsables de sus actos? A veces no, como cuando eran niños, a veces si, como cuando sean adultos, y en ese medio, casi todo se vuelve indefinible.
¿Es entonces lo indefinido lo que se vuelve insoportable? Parece que ni los jóvenes y tampoco los adultos en relación a la propia juventud, saben cuando se acaba, ni como, ni donde, ni por que.
Y es por ese saber que falta, ese no saber, que muchas veces se tiene acceso a la posibilidad de constituir a través de la fantasía, la creación y la producción de un proyecto, cuando el acto logra ser consumado, pero también, a la deriva, esa falta de saber que no sale al encuentro, que no causa ni un deseo y por tanto tampoco un acto, también puede generar ansiedad, incertidumbre y malestar.
Lobo suelto, cordero atado:
Desde el psicoanálisis es controvertido hablar de una clínica adolescente, porque el inconsciente no tiene edad. Pero quizás mas que desde una mirada cronológica si puedan plantearse algunas preguntas desde un plano estructural; que no es mas que la posición que asume el propio sujeto con respecto a los otros sujetos y a los otros significantes.
La pubertad, como Freud denomina a lo que desde otros discursos se llama proceso adolescente, tiene algunas características particulares que por el impacto que producen en la estructura psíquica, nos hacen pensar en un sujeto en trance.
"Con el advenimiento de la pubertad, comienzan las transformaciones que han de llevar a la vida sexual infantil hacia la definitiva constitución normal", nos dice en "Metamorfosis de la pubertad"
Por vida sexual, en sentido amplio, entendemos principalmente la relación que el sujeto tiene con su cuerpo así como las características en la relación con los otros, en la elección de objeto.
Por una parte, hay una transformación sobre la vida sexual infantil, hasta ese momento constituyente del sujeto y sus relaciones. Y por la otra, que esta nueva forma de relación con el cuerpo y con los otros, va adquirir una posición que nos dice Freud definitiva, y que podemos entender en el sentido de permanencia y por lo tanto estabilidad.
Pero todavía falta para eso.
Las modificaciones corporales de la pubertad, cuestionan la imagen unificada del cuerpo de la primera infancia, e instauran una nueva pregunta por el ser del sujeto.
La sanción positiva del otro, por lo general la madre, le permite al infante, frente al espejo, reconocerse en una imagen unificada, en contraposición a su sensación de cuerpo real fragmentado.
Esta tensión entre la imagen especular y el cuerpo real, marca el resto de las identificaciones de una relación ambivalente con el semejante que involucra amor y odio o erotismo y agresión.
Aún así, durante la infancia, las identificaciones con los compañeros y amigos, sin deferencias anatómicas, pueden ser sostenidas de manera recíproca, pero en la pubertad el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios, actualiza la diferencia y la tensión asume un nuevo impulso.
No se encuentra respuesta ni para la propia tensión por el deseo sexual, ni para la tensión que produce la mirada de muchos otros, distintos a lo conocido y familiar.
La nueva posibilidad de satisfacción con el cuerpo que implica a otros, solo puede ser transitada como una falta: por la insuficiencia respecto al saber sobre el goce y por la infracción a una ley, en tanto exige ir más allá de los límites conocidos.
Entonces o no dice, ocultando, en discurso inhibido, por la vergüenza de desconocer la sanción del otro, frente al goce masturbatorio, pero ya no autoerótico.
O dice de más, exagerando, en un intento siempre fallido de sostener una mascarada falica, frente a la recrudecida amenaza de castración, por la diferencia sexual, ahora manifiesta.
Una y otra vez se escapa del discurso, o asume varios, sobre religión o política, o alternadamente alguno que idealiza, pero en la mayoría de los casos como palabras vacías.
Se encuentre el sujeto frente a la incertidumbre. Por que los padres también son insuficientes en sus repuestas y conductas, y porque, en algún momento, también subvirtieron la ley. Y no hay discurso que los encuadre.
Pero no son solo palabras.
La posibilidad concreta y real de realizar el acto sexual, le exigen al sujeto una salida exogámica, en concordancia con la ley paterna, de prohibición del incesto.
Se presenta una nueva posibilidad de goce con el cuerpo, en relación al otro.
Y con este otro, en tanto partenaire, lo que se encuentra es la certeza de la imposibilidad de un encuentro como total. El encuentro es con la alteridad, del no saber ni sobre si, ni sobre los otros.
A su vez, la posibilidad de la reproducción, le recuerda al hombre su posición de mortal, porque le permite asegurar la inmortalidad de su especie.
Las nuevas condiciones de mortal y deseante son las que se ponen en juego, a veces, con premura y desmesura, en la pubertad.
Cuál es la urgencia del sujeto? No es la de recuperar el cuerpo, sino la de retomar la vía del deseo.
Un análisis, en este destino, puede operar un movimiento, crear las condiciones, para que el sujeto reubique su deseo, que se encuentra desorientado.
Que el sujeto pueda encontrar su modo de respuesta a este doble vertiente de lo real: deseo y muerte, será la posibilidad de comprometerse en la respuesta por su acto, como sujeto deseante.