Atravesar un análisis
por Julia Inés Greco - Diciembre del 2006
 
 
En el texto "Análisis profano" Freud dialoga con un supuesto interlocutor:
I:- "Comprendo. Supone ud. que todo neurótico oculta algo que pesa sobre él, un secreto; dándole ocasión de revelarlo le descarga usted de tal peso y alivia su mal. No se trata pues, sino del principio de confesión…"
Freud:- "Sí y no…La confesión forma parte del análisis, pero sólo como su iniciación primaria, sin que tenga afinidad ninguna con su esencia ni mucho menos explique su efecto. En la confesión dice el pecador lo que sabe; en el análisis, el neurótico ha de decir algo más".


La catarsis es algo que Freud sostuvo desde el inicio como aspecto específico del psicoanálisis, pero lo que diferencia a este de otras disciplinas es ese "algo más".
El paciente cuenta lo que sabe concientemente. Pero un análisis no se trata de "contar" sino de que el paciente "hable de lo que se le ocurra, tratando de no ejercer sobre ello ninguna selección".
En el discurso de un paciente se cuela algo más, un saber inconciente, un saber que está ahí en otro lado, oculto al entendimiento, produciendo efectos en el sujeto. Más aún, el sujeto está, valga la redundancia, sujetado por ello.


Recurrir a un analista implica suponerle un saber acerca del padecimiento.
Es el analista quien escuchará, en el discurso del paciente, eso que va más allá.


"Un consultante que concurre por problemas…y que pide ayuda a un psicoanalista…hablará en un principio, de la misma forma en que le hablaría a cualquiera. Sin embargo, la forma de escuchar de aquel, una "escucha" en el sentido pleno del término, logra por sí sola que su discurso se modifique y asuma un nuevo sentido a sus propios oídos. El psicoanalista no da su razón ni la niega, sin juzgar, escucha. Las palabras que los pacientes utilizan, son palabras habituales, sin embargo la manera de escuchar encierra un llamado a la verdad que lo compele a profundizar su propia actitud". (M.Mannoni. La primera entrevista con el psicoanalista.)


El análisis sitúa la cuestión más allá de la relación dual.


"El analista no debe proporcionar soluciones sino permitir que la pregunta se plantee a través de la angustia puesta al desnudo por el abandono de las defensas ilusorias. No es ni director de conciencia, ni guía, ni por sobre todo educador. No se preocupa por dar receta o por desear éxito. Su rol es permitir que la palabra sea." (M.Mannoni. Ob.cit)


La única regla, fundamental, del análisis es la asociación libre (-Hable de lo que se le ocurra, tratando de no ejercer sobre ello ninguna selección-).
Por un lado se impone como condición necesaria para el análisis el compromiso del paciente con esta regla. Pero por otro, sería ilusorio pensar que esta regla pudiera cumplirse todo el tiempo.
Existen cuestiones que el paciente no quisiera confesar ni a sí mismo. Pero el inconciente insistirá, buscará emerger a través de un fallido, olvido, sueño, síntoma.
No es que en una charla cualquiera no aparezcan fallidos, u olvidos, o que no se sueñe o no existan síntomas, pero únicamente la presencia de un analista permite señalarlos en relación al sujeto del inconciente.


Se suponen algunas hipótesis en relación a por qué alguien recurre a un analista. Por un lado los intentos de resolver hasta ahora resultaron ineficaces. A partir de ahí, la hipótesis de que conocer la causa del padecer, lo resolverá, es decir, lo hará desaparecer. Y para ello, la suposición de que hay alguien, un analista, que sabe acerca de ese padecer.


Entonces, el neurótico quiere saber, pero no sólo por estructura -saber que se remonta a la investigación sexual infantil-, sino saber para poder operar sobre sus afectos y no sufrir más.
La demanda surge cuando el equilibrio se ha roto, cuando la cosa no funciona, y el sujeto no puede explicar qué le sucede y que, por cierto, le resulta displacentero. Lo único que sabe es que ese padecer tiene una causa que desconoce, pero que existe otro que, supone, sí sabe de ella.


En un análisis no se trata de taponar, ni de dar respuestas, ni certezas; eso sería del orden pedagógico. Más bien, un análisis remite a la apertura de un enigma.


En un principio el analista escucha una queja, el sujeto acude porque sufre y demanda que se le alivie el padecer. A partir de allí podrá ir capturándose aquello que queda siempre insatisfecho y que insiste, el deseo. En relación al deseo se instalará el enigma, la pregunta.


Hay que hacer una importantísima aclaración: qué entiende el psicoanálisis por deseo.


Para empezar, para el psicoanálisis, lo que se dice deseo, es siempre "deseo inconciente". Entenderlo así es distinto de definirlo como anhelo, que es como usualmente se aplica. Eso sería, en todo caso, deseo conciente.
El psicoanálisis entiende al deseo como tener deseo y no como "deseo de".
No es el deseo de querer esto o aquello o, mejor dicho, qué es lo que se quiere, qué cosa es la que se quiere.
No es del deseo conciente del que se ocupa el psicoanálisis, sino del deseo inconciente.
El deseo para el psicoanálisis no es nunca deseo de "tal cosa", sino permanente producción de sí mismo. Esa es su realización.


Y aunque incompleta, la única forma posible de articularlo es a través de la palabra.


Pasar por un análisis no tiene que ver con preguntarse qué será lo que llenará, sino con ubicar por dónde gira la pulsión.
El deseo es esa apertura, esa falta que hay que tener para poder desear, esa incógnita, esa X, esa / (barra), la castración.

Atravesar un análisis, entre otras cosas, es funcionar con la falta.