El espejismo del ser: por qué fortalecer el yo es alimentar la enfermedad.

El paciente llega al consultorio exigiendo ser dueño de sí mismo. Demanda herramientas para fortalecer su autoestima, para gestionar sus emociones, para coincidir, por fin, con la imagen sin fisuras que le devuelve el espejo de la época.

El clínico contemporáneo siente la constante tentación de responder a esta urgencia. La oferta de apuntalar el yo, de volverlo una maquinaria adaptativa, fuerte y libre de conflictos, domina el mercado de las psicoterapias.

Ceder a esa demanda implica una claudicación clínica absoluta. Implica olvidar que la identidad, esa síntesis imaginaria que el paciente persigue con desesperación, no es el horizonte de la cura.

El yo está estructurado exactamente como un síntoma.

El huevo o el agujero

El psicoanálisis heredó, en gran medida, una topología engañosa. Freud ubicó al yo en el centro del aparato psíquico, como un núcleo vital que procesa el placer en su interior y expulsa lo displacentero hacia el exterior.

Esta concepción de una bolsa esférica con un interior y un exterior nítidamente definidos sostiene la ilusión de un individuo autónomo y delimitado.

Lacan perfora esa esfera biológica. Sustituye el huevo freudiano por superficies topológicas donde el adentro y el afuera entran en una continuidad radical.

En esta nueva espacialidad clínica, el yo pierde su estatuto de centro vital y de mando. Se revela, en la estructura, como aquello que viene a taponar el agujero estructural del significante.

La maestría que nunca tuvimos

La cultura occidental moderna nos convence de que nacemos para gobernar nuestro cuerpo, nuestras decisiones y nuestros pensamientos.

Sin embargo, la lógica del estadio del espejo demuestra que el origen de la formación yoica es una respuesta desesperada a la falta de dominio.

El cachorro humano, inmerso en la prematuración biológica y la impotencia motriz, queda fascinado por una forma visual completa que le devuelve el cristal. Se apropia de la imagen del semejante para simular una unidad motriz y psíquica que, en lo real de su cuerpo, no posee.

Esa imagen especular unificadora no es una verdad interior profunda que sale a la luz con el tiempo. Es un ropaje prestado, una ortopedia visual.

El yo es, desde su génesis misma, un otro.

La hostilidad en el espejo

Si nuestra consistencia subjetiva depende enteramente de la imagen que nos presta el prójimo, la relación con ese semejante jamás podrá ser de pura armonía.

El mito de Narciso, releído desde esta topología, no relata el triunfo del amor propio, sino la captura mortal y alienante por una imagen que resulta engañosa.

El eje imaginario —la línea de tensión que une al yo con el otro especular— está atravesado inexorablemente por la agresividad y la rivalidad.

Es una lógica de exclusión mortífera: o soy yo, o eres tú.

La rivalidad no es un accidente lamentable en las relaciones humanas ni un defecto de crianza. Es la matriz misma de la constitución yoica.

La enfermedad mental del hombre

Bajo esta luz clínica, la pretensión técnica de fortalecer el yo en la sesión resulta un contrasentido clínico absoluto.

El yo no es una instancia de madurez que deba aliarse con el analista para domesticar a las pulsiones indomables. Es el síntoma humano por excelencia, la verdadera enfermedad mental del hombre.

Reforzarlo equivale a engordar la defensa, a consolidar el espejismo alienante que produce el padecimiento del que el paciente se queja.

La clínica que apunta a la adaptación del yo no hace más que hundir al sujeto en su alienación imaginaria, alejándolo de la verdad de su deseo.

El espejismo de la interioridad

Nuestra civilización confunde sistemáticamente al sujeto con el individuo. Asumimos que el pensamiento brota de una interioridad privada, de un cerebro aislado o de un alma que nos pertenece en exclusividad.

El psicoanálisis subvierte esta ontología de la presencia al introducir la inmixión de otredad.

No hay un límite tajante donde termino yo y empieza el otro. El inconsciente no habita en las profundidades de un organismo individual; es transindividual, es el discurso del Otro.

Cuando el sujeto dice "yo pienso", ignora que está siendo pensado por un entramado de significantes que lo precede y lo determina.

Nos equivocamos al decir "yo pienso." Deberíamos decir "me piensan."

Consecuencias para la escucha analítica

El sujeto con el que operamos en el análisis no se confunde con el individuo sufriente que se sienta en el diván. El sujeto del inconsciente es excéntrico respecto del yo y de sus pretendidas certezas.

Aparece en los tropiezos, en las fisuras, en las fallas de ese discurso consciente que intenta presentarse ante el analista como una totalidad coherente.

Cuando el paciente dice "yo soy así", está hablando desde la fijeza de una identificación alienante que lo mortifica y lo detiene.

El acto analítico no busca comprender esa identidad forjada, ni validarla empáticamente. Tampoco busca devolverle al paciente una imagen mejorada, pulida o más exitosa de sí mismo para que enfrente el mundo.

La destitución de la fijeza

La intervención clínica apunta a desarmar la consistencia imaginaria. Se trata de hacer caer la suposición neurótica de que existe un ser idéntico a sí mismo, un núcleo sustancial, inmutable y biológico.

El lenguaje, que preexiste al individuo, es el verdadero campo inmaterial donde se juega la existencia y el padecimiento.

El análisis opera para que advenga un saber no sabido, destituyendo la tiranía de ese yo que se cree autor soberano de sus pensamientos y de sus actos.

No se trata de encontrar al verdadero yo oculto bajo las defensas, sino de vaciar de peso ontológico a esa figura que tapona el vacío.

El paciente habla. Trae su relato perfectamente anudado, su justificación dolorosa, su demanda constante de ser reconocido en su tragedia personal. Busca en el analista el espejo complaciente que confirme su ser, que le dé la razón o que lo corrija desde la pedagogía.

¿Qué se produce cuando, del otro lado de la escena, solo encuentra el vacío que hace resonar el puro peso del significante, devolviéndole su propio mensaje en forma invertida?

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