Urgen-Cía. El cristal como suplencia del lazo social éxito

Por Alejandro Ruiz Galicia

 

Huérfanos de lazo

en la casa de cristal.

Vamos al fondo con la certeza

de que hallaremos la reliquia que fuimos.

El cuerpo salta

y, en una eternidad de suspiro,

volamos:

los huesos chocan desde dentro

contra la carne,

usando la dureza del mundo.

Ícaros imberbes.

Euridices sin regla.

Hecatombe cotidiana.

Huérfanos de compañía,

sin nudo que amarre,

pronto escucharemos

las sirenas.

 

La palabra lazo proviene del latín laqueus: cuerda, trampa, nudo corredizo. No nombra, en su origen, una unión apacible ni un gesto de encuentro, sino un artificio que se ajusta al movimiento de quien lo roza. El laqueus no se cierra de golpe; corre, se desliza, responde a la tracción. Cuanto más se avanza, más se tensa. El lazo, antes que un vínculo, es una forma de borde: algo que rodea al cuerpo cuando éste se aproxima demasiado a un límite.

Algo similar resuena en la palabra sirena. El término griego seirḗn, sirena lo enlazo —en una operación que asumo como propia y no como derivación etimológica estricta— con seirá: cuerda, soga, aquello que sirve para atar y también para disponer en hilera, en serie.

Esas sirenas son hijas de un dios y una musa, sus cuerpos son de ave y su rostro es humano. Hacían zozobrar los navíos con sus cantos para luego alimentarse de los cuerpos naufragados.  Al paso de Odiseo y su tripulación, ellas le llamaron, le honraron, y le prometieron la sabiduría proveniente del conocimiento de los males con que los dioses aquejaron la tierra, así como de todo lo que va a suceder en el mundo.

Odiseo pudo escucharlas y su tripulación sobrevivir pues Circe lo previno de peligros venideros, incluyendo las sirenas. Así, él hizo a sus hombres taparse los oídos con cera y, también, se hizo atar de pies y manos al mástil, escuchándolas así sin arrojarse de la embarcación.

Circe previno a Odiseo, y él fue receptivo a tal prevención, a diferencia de lo que ocurría con Casandra, quien a pesar de ser hija de los reyes de Troya y de advertir a los troyanos respecto del caballo de madera, no fue escuchada, prosiguiendo así la historia que nos es conocida.

La información sola, sin un punto de cierre, es inútil. Semeja un lazo infinito al que su falta de finitud le hace inservible para amarrar algo. Es necesario hacer un corte o anudar de alguna forma para crear un límite. Sin corte no hay lazo; sin lazo no hay orientación del cuerpo.

Los límites suelen parecer despreciables en sí mismos,  así ocurre desde el inicio de los tiempos hasta ahora: tomo por ejemplo la escritura como ampliación de la memoria y de la sabiduría, la cual funciona también como orientación ajena al hombre. Remedio y veneno se entretejen en el pharmakon.

Las llamadas drogas, como lo es la metanfetamina, llamada también cristal, hielo, cri…, presentan múltiples formas de agrupación según su estatuto histórico y normativo. Son legales si pagan impuestos, ilegales si no los pagan. Son extrañas si vienen del otro, propias e incluso nominativas, si se comparte una historia con ellas: soy alcohólico. En la actualidad, parecieran ser efigie del consumo.

No se trata de afirmar que todo consumo de cristal responda a una misma lógica clínica. Cada caso es singular. Sin embargo, en el marco del discurso contemporáneo, el cristal encarna con especial nitidez la voz del superyó que ordena rendimiento ilimitado. No promete placer, promete no detenerse. Funciona como suplencia del lazo allí donde el corte no se sostiene.

Más de esto y más de aquello, nada falta y si algo faltase, se suple, se tapa, se rellena. Todo es posible, la serie es infinita y también hemos de serlo. Escuchar lo que va a suceder es tarea inacabable y el cuerpo también ha de serlo. Difuminar la noche y el día, el hambre, la sed y el sueño, el cansancio. Ese camino hacia el saber pleno, el desdoblamiento de la realidad ante una mirada que no parpadea, mirada sin cortes. Cuerpo desatado.

Aquello que se perdió en el pasado vuelve como fragmento: toda la santidad cabe en un trozo de hueso. La devoción acompaña al ritual y dios se presenta, casi translúcido, en una bolsa pequeñita.

Un suspiro, una inhalación, un pinchazo, arrancan del piso la carne habitada. Somos sublevados de nuestra pretendida soberanía, arrebatados con tal violencia de nosotros mismos que nos proyectamos en el otro.

Evitar caer y estrellarnos contra el firmamento se convierte en la tarea de hoy. Un compromiso que dura las siguientes 24 horas, el porvenir no se extiende más allá del siguiente amanecer. Una cofradía de quienes llevan años en el agua y juran que no se les ha hecho vicio: alcohólicos, drogadictos. Un mismo nombre que los nombra a todos y no pertenece a nadie.

Con el corazón acelerado, las manos trémulas y el rostro de varios colores, se busca la siguiente dosis en disposición al desapego radical, renunciamos a toda posesión a fin de conseguir el próximo aliento de vida. Manoteamos intentando encontrar un punto de sostén, una tabla, alguien que nos tire un lazo, pero todos se revuelven aferrándose a una superficie que disipa al toque y, quien no ha naufragado, mira desde arriba, pocas veces con compasión y las más con el desprecio que provoca el suponer la incapacidad ajena. Maldad y locura se adjudican al adolescente que compra una sustancia ilegal y se vuelve loco.

Loco como los héroes griegos que al sumarse a cualquier travesía se ganaban la enemistad de otros. Otros que roban la identidad, otros que vigilan, otros que piden a sus aliados el castigo para nosotros.

Chocamos contra hechos convertidos en accesorios efímeros de la colisión contra nosotros mismos. Las pérdidas son alimento del olvido. Aquello que ocurría antes del arrebato no merece nuestra atención, sólo el salto importa. El salto lo es todo cuando no se está enlazado.

Los ojos hundidos, lo vacío de la sonrisa, la piel ceñida a los pómulos, el cabello ralo, los granitos, son evidencia de la devoción de ese otro que actúa por nosotros. Ese que muestra su poder al separar nuestros pies de la seguridad de la cubierta, ese que no estando anudado, se lanza de la cubierta.

Es en esa edad que no sospecha su fin en la que, aunque se espera su primera barba o su menarca, se queda sin norte cuando aparecen. Adolescentes que son ya creyentes de la tenacidad de la insistencia, abdican de sí a fin de continuar en el camino del merecimiento. Igual da qué se merezca, siempre que sea total:  ya todo el mérito del héroe que vuelve del hades, ya toda la culpa de quien deja de cargar el mundo en hombros.

 

La realidad se moldea como la cera que Odiseo utilizara para tapar los oídos de sus hombres. Las manos poderosas del rey de Ítaca y el calor del sol pierden brillo, palidecen ante el prístino hielo que nos muestra que las cosas son como se piensan y que, en tanto que se las piensa, son.

El lazo introduce límite; el cristal lo suspende. Ánimo para levantarse de la cama, fuerza para doblar el turno en la fábrica, frescura para la junta con el CEO luego de dos días de desvelo, pérdida de varios kilos por mes sin pasar hambre, energía para el partido de futbol con los compañeros de la secundaria, sexo olímpico; aislamiento productivo,  rendimiento solitario.

Alcanzar la estrella más cercana parece no solo posible, sino una convocatoria ineludible cuando se nos dan alas. Huimos de la persecución de quien pretende arrebatarnos la inocencia. La voluntad no alcanza para atravesar el infierno aunque se pretenda la tarea con sumo cuidado. Se precisaría un hilo atado desde fuera para salir del laberinto.

Y en ese trance, los nombres van sepultándose. Alguna chica de la que ya no se supo nada, alguna otra de la que se dice que se fue con el novio. Algún amigo que mataron, otro que murió. Espectros de la ciudad que aparecen y se tornan humo en las esquinas donde la prostitución, los robos y la basura son la misma cosa para quienes están del otro lado. Para esos que piensan que es la falta de virtud lo que provoca la recaída.

El cristal es ambrosia que amarga, cambia o inhibe la voz. Muda los sueños infantiles por los sueños de consumo. Tener meta es la meta que esfuma las demás. No hay voz que pueda habitar un cuerpo que no sabe de vos. Las sirenas se alimentan de cuerpos en solitario.

Es preciso otro, alguien que no ceda a la solicitud de des-amar-rar, alguien que ajuste los nudos hasta encontrarse lejos de la claridad del fin último, de la muerte. La palabra “suplencia” tiene su etimología en: suppleresub, debajo, desde abajo; plere, llenar. Así, resulta necesaria una suplencia que se aleje de su etimología, una que no borre la falta, que no sustituya lo que está ausente, que no llene, sino que corte.

¿Qué compañía urge a quien se obliga a rendir mediante el cristal?

Urgen compañías. Porque sin quien amarre al mástil las manos y los pies, escucharemos las sirenas.